lunes, 14 de septiembre de 2015

Revisando mi mochila descubrí que hay cosas que ya no quiero cargar. Descubrí que si la espalda me duele es porque es hora de alivianar. Así que inspiré profundo y me puse a revisar.

Saqué cosas que tenía bien identificadas, esas son las que más pesaban y que con cada dolor recordaba, pero había otras que había olvidado y sin embargo ahí estaban.
Saqué viejos dolores y dejé que volaran y mientras los veía irse, ahí nomás me sentí más descansada.
Saqué culpas que estaban enquistadas, esas que es imposible identificar cuándo aparecieron porque si buscas con la memoria siempre estuvieron.
Saqué miedos que me oprimían, que me hacían caminar despacio como esperando la caída.
Saqué prejuicios que me ataban, que me encadenaban. Entonces me sentí libre y claramente más liviana.
Di vuelta la mochila que cargo, la vacié de eso que la vuelve tan pesada y dejé solo lo necesario para seguir viaje.
Yo te juro que aunque cueste, vale la pena vaciarla. Es un trabajo arduo, y a veces duele hasta parecer que sangra. Es que hay que sacar cosas que están encarnadas, es una vida llevándolas y no es fácil soltarlas.
Me costó dolor vaciarla, es cierto, pero ahora viajo más liviana.